Patrimonio Mundial

Monasterio de los Jerónimos y Torre de Belém

El conjunto manuelino de Belém, en Lisboa, inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1983.

Claustro do Mosteiro dos Jerónimos, Lisboa · ho visto nina volare, CC BY-SA 2.0 — Wikimedia Commons

A orillas del Tajo, en el punto desde donde partían las naos, se yergue el conjunto que mejor resume la ambición de Portugal a comienzos del siglo XVI. El Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belém fueron inscritos en conjunto en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1983 —no como dos monumentos sueltos, sino como expresión coherente de un momento histórico: el del encuentro entre una fe, una dinastía y una economía oceánica.

Un encargo imperial

La construcción del monasterio comienza en 1501, por orden de D. Manuel I, financiada en buena parte por la vintena —el impuesto sobre el comercio con la India y Guinea. El lugar no es casual: sustituye a la ermita donde Vasco da Gama había velado antes de partir, en 1497. El edificio es, desde la primera piedra, un monumento a la Expansión tanto como a la Orden de San Jerónimo que lo habría de habitar.

La obra atraviesa varias manos. El arquitecto inicial, Diogo de Boitaca, da al espacio su audacia estructural; João de Castilho, a partir de 1517, aporta una gramática ornamental más erudita, de raíz plateresca. De esta sucesión nace la coherencia improbable del conjunto.

El manuelino, en estado puro

Jerónimos es el lugar donde mejor se comprende el manuelino —ese estilo tardogótico, exuberante e híbrido, que florece en Portugal durante el reinado de D. Manuel. En las bóvedas de la iglesia, las nervaduras se multiplican hasta dibujar palmeras de piedra sobre columnas finísimas, disolviendo la distinción entre soporte y cubierta.

En el claustro, la piedra caliza está trabajada como si fuera marfil: cabos náuticos, esferas armilares, cruces de Cristo y elementos vegetales se entrelazan en una iconografía que es, ella misma, un relato del viaje.

La Torre, guardiana del río

Río abajo, la Torre de Belém (1514-1519), de Francisco de Arruda, cumplía una función militar —controlar la entrada del puerto— pero lo hace con el lenguaje de un pequeño palacio. Sus balcones moriscos, las garitas en cúpula y el famoso rinoceronte esculpido en la base revelan el mismo gusto manuelino por la síntesis entre lo defensivo y lo decorativo, entre la Europa y los mundos que Portugal acababa de contactar.

Por qué importa

El valor universal del conjunto, reconocido por la UNESCO, reside precisamente en esa síntesis: Belém es el testimonio construido de un momento en que la arquitectura europea se abrió a la escala del mundo. Visitarlo es leer, en piedra, el paso de Portugal del fin de la Edad Media a la primera globalización.