Tipologías
Molinos de Viento
Los molinos de viento en Portugal: tipología, partes, historia de la molienda de cereales y las torres encaladas que marcan el paisaje del Oeste, del Alentejo…
El molino de viento es una de las máquinas más expresivas del mundo rural portugués: una torre que transforma la fuerza del aire en harina. Convirtiendo el movimiento de las velas en el giro de las muelas, fue durante siglos un equipo esencial de la economía de subsistencia, garantizando el pan de aldeas enteras. Sus torres encaladas, recortadas contra el cielo en alturas ventosas, se convirtieron en un hito del paisaje del Oeste, del litoral centro, del Alentejo y de las islas, y constituyen hoy un capítulo notable de las tipologías del patrimonio edificado.
Origen y difusión
La existencia de molinos de viento en Portugal está documentada en un registro de 1303, aunque se admite una introducción anterior. Se cree que los primeros ejemplares tendrían un eje vertical, con velas dispuestas alrededor; esa solución acabó siendo sustituida por la tipología de eje horizontal que hoy conocemos. A partir del siglo XVI, los molinos de viento se multiplicaron, especialmente en las regiones expuestas a los vientos atlánticos, donde el relieve ondulado ofrecía cerros despejados.
Su importancia fue todo menos residual. En la década de 1960 se calculaba que trabajaban en Portugal unos diez mil molinos, de los cuales cerca de tres mil eran movidos por el viento y los restantes por agua —número que da la medida de la densa red de molienda que cubría el territorio, complementando los molinos de agua y aceñas instalados a lo largo de los arroyos.
Tipologías y construcción
Se distinguen, a grandes rasgos, dos grandes modelos. El tipo mediterráneo —el más común en Portugal— se asienta en una torre cilíndrica de piedra, fija, coronada por un capuchón cónico de madera que gira para orientar las velas al viento; era la solución habitual en el Oeste y en el Sur. El tipo del norte de Europa, de cuerpo piramidal de madera que giraba por completo, aparece entre nosotros de forma más rara. A la familia de los molinos se suma también el molino metálico de tipo americano, introducido en el siglo XIX y difundido sobre todo en las Azores y en el Alentejo.
El molinero leía el viento por el oído: en los buzones de barro sujetos a las puntas de las aspas, el silbido agudo indicaba la velocidad de las velas y avisaba cuando era hora de recoger tela antes de que la furia de la tormenta partiese el mástil.
El corazón de la máquina es simple e ingenioso. El mástil de madera, normalmente de sección octogonal, recibe cuatro aspas en cruz, a las cuales se fijan las velas triangulares de tela; estas se enrollan cuando el molino descansa y se extienden para captar el viento. El movimiento del mástil se transmite, a través de la gran rueda dentada —la rueda dentada—, al eje que hace girar la muela superior, la volandera, sobre la muela fija, la solera. Entre las dos piedras el grano es triturado y sale ya transformado en harina. Por la molienda, el molinero cobraba un porcentaje del cereal, la llamada maquila, que oscilaba por lo general entre el 5 y el 10 por ciento.
Saber hacer y patrimonio
Moler al viento exigía un arte próximo al del marinero: orientar el capuchón, dosificar la tela según la intensidad del aire, frenar a tiempo. Ese saber de los molineros, y el oficio de los albañiles y carpinteros que levantaban las torres, integran el universo de la arquitectura vernácula, hecho de técnicas transmitidas de generación en generación. La harina que de ahí salía era la materia prima del pan tradicional portugués, eslabón directo entre la ingeniería de la torre y la mesa.
Con la generalización de la molienda industrial y eléctrica, a lo largo del siglo XX, la inmensa mayoría de los molinos enmudeció. Muchos se arruinaron, reducidos a cilindros de piedra sin capuchón ni velas; otros fueron recuperados como elementos de patrimonio industrial y de memoria rural, algunos devueltos a la molienda en días de fiesta, otros reconvertidos en alojamiento o en pequeños núcleos museológicos. Conservados o en ruina, los molinos de viento permanecen como firmas inconfundibles del paisaje portugués y testimonios de un tiempo en que el pan dependía del aire que soplaba.
Preguntas frecuentes
- ¿Desde cuándo hay molinos de viento en Portugal?
- Su existencia está documentada en Portugal al menos desde 1303, aunque se admite una introducción anterior. A partir del siglo XVI se multiplicaron, especialmente en las regiones expuestas a los vientos atlánticos del Oeste, del litoral y de las islas.
- ¿Cuál es la diferencia entre el molino de viento y la aceña?
- El molino de viento mueve las muelas con la fuerza del viento captada por velas; la aceña y el molino de agua utilizan la fuerza de un curso de agua sobre una rueda. Ambos molían cereales, pero dependían de fuentes de energía diferentes y se ubicaban en lugares distintos —alturas ventosas frente a márgenes de arroyos.
- ¿Cuáles son las partes principales de un molino de viento?
- La torre cilíndrica de piedra, coronada por el capuchón de madera giratorio; el mástil con la rueda dentada que transmite el movimiento; las velas triangulares de tela fijadas a las aspas; y, en el interior, las dos muelas —la solera fija y la volandera que gira sobre ella.