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El manuelino

El estilo del reinado de D. Manuel I: un tardogótico exuberante e híbrido, financiado por la Expansión, que se convirtió en la primera firma arquitectónica…

Janela do Capítulo, Convento de Cristo, Tomar · Vitor Oliveira, CC BY-SA 2.0 — Wikimedia Commons

Ninguna otra época dio a Portugal un lenguaje tan reconocible. El manuelino — denominación decimonónica, formada a partir del nombre de D. Manuel I (1495–1521) — no es, en rigor, un estilo autónomo, sino un momento: el instante en que el gótico final se cruza con la riqueza y el imaginario de la primera globalización.

Un gótico tardío, pero no solo eso

Estructuralmente, el manuelino es gótico: arcos apuntados, bóvedas de nervaduras, contrafuertes. La novedad está en la ornamentación. Sobre los elementos góticos crece un repertorio naturalista y marítimo — cabos y nudos marineros, anclas, esferas armilares, corales, cardos y follajes — entrelazado con la heráldica regia: la cruz de la Orden de Cristo y la esfera armilar, emblema personal del rey.

La famosa Janela do Capítulo del Convento de Cristo, en Tomar, es el manifiesto del estilo: un entramado de piedra que transforma el muro en un instante de exuberancia controlada.

La riqueza que lo financia

El manuelino es inseparable de su economía. Las grandes obras — Jerónimos, Tomar, el Monasterio de Batalha en su fase final, la Torre de Belém — se pagan con el oro y las especias de las rutas oceánicas. La ornamentación náutica no es decoración inocente: es propaganda, la inscripción del proyecto imperial en la piedra de las iglesias.

Síntesis de mundos

Lo que hace fascinante al manuelino es su hibridismo. En él conviven el gótico flamenco, el plateresco castellano, ecos mudéjares y, a veces, motivos venidos de la India y del Norte de África que los artistas reinterpretan. Es la arquitectura de un país que, en un par de décadas, pasó a estar en contacto con casi todo el mundo conocido — y que registró ese vértigo en la propia materia de sus monumentos.

Por durar poco más de una generación, el manuelino es también un estilo datable casi por décadas: encontrarlo es situarse, con precisión, en el apogeo breve y deslumbrado del Renacimiento portugués.