Temas
Los períodos de la arquitectura portuguesa
Un recorrido por los grandes lenguajes constructivos de Portugal, del románico al hierro, y por sus momentos de invención propia.
La arquitectura portuguesa no es una sucesión de estilos importados, sino una serie de respuestas locales a problemas comunes de la Europa cristiana. En algunos momentos, Portugal recibe; en otros, inventa. Este es un mapa breve de sus grandes períodos.
Románico (siglos XI–XIII)
Llegado por los caminos de Santiago y por las órdenes monásticas, el románico portugués es sobrio, macizo y rural. Las catedrales de Coímbra, Braga y Lisboa parecen fortalezas: la piedra es gruesa, las aberturas escasas, la decoración concentrada en los portales. Es la arquitectura de un país en formación, todavía en guerra de frontera.
Gótico (siglos XIII–XV)
El gótico entra con las órdenes mendicantes y alcanza su punto culminante en el Monasterio de Batalha, mandado erigir por D. João I tras Aljubarrota. En Portugal, sin embargo, el gótico es siempre más comedido en la altura y más sensible a la luz horizontal que las catedrales del norte de Europa.
Manuelino (c. 1490–1540)
Es el primer estilo que puede llamarse verdaderamente portugués. Sobre una estructura tardogótica, el manuelino injerta una ornamentación náutica y naturalista sin paralelo, financiada por la riqueza de la Expansión. Jerónimos y el Convento de Cristo, en Tomar, son sus obras maestras.
Del manierismo al barroco (siglos XVI–XVIII)
La Contrarreforma trae el classicismo contenido del «estilo llano» y, después, la exuberancia barroca: la talla dorada, el azulejo narrativo, las fachadas dinámicas del norte, de las que la Iglesia de los Clérigos en Oporto es emblema.
El pombalino y el siglo XIX
El terremoto de 1755 impone una ruptura: el pombalino es racional, sísmico y seriado. En el siglo XIX llegan el neoclásico, los historicismos y, por último, el hierro y el vidrio de las estaciones y los mercados: la entrada de Portugal en la arquitectura industrial.
Cada período sobrevive en los siguientes. La fuerza de la arquitectura portuguesa reside menos en cualquier estilo aislado que en la manera en que los fue superponiendo en un mismo territorio.